miércoles, 17 de abril de 2013

Ser inexplicable




Y no lo sé, pero lo hacía. Hablo de la idea de dios. La contención, moralización y trascendencia del ser encontraban sentido en esa idea totalizadora de la razón. Quién se hubo sostenido en tal supuesto, el de la existencia del dios que derrochaba sentido y explicaciones para todo, podía verse sabido en él y consumir sus días con la paz de quién se sabe trascendente.

Pero la ruptura de tal idea, desde la propia razón, y como un acto de profundo abrazo a la existencia y su existencialista experiencia constructiva y destructiva de saberes, arroja al ser a su propia vida en un segundo y quizá más brutal nacimiento.

Vuelto ser arrojado me descubrí a la deriva en una vida que deviene sin detenciones. Me supe existente en un espacio-tiempo presente, no obstante relativo en sí mismo en la historia de la propia existencia de las cosas. ¿Qué viene? ¿Cómo se enfrenta? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Hasta cuándo?

Así, relativas las cosas, las normalidades, las moralidades, las verdades, pasé a apropiarme de las cosas que comprendí como mías: la presión sobre los pies en cada paso; el aire ingresando frío por las narices; el hambre apretando las tripas por algo de comida, un recuerdo que infla el pecho y provoca un sorbo de alegría, como tragándola, como la entrega en el segundo después de comenzado el orgasmo; la necesidad de pedalear más rápido cuando la música te inunda; la velocidad de tus dedos cuando tuiteas algo que se atragantó; las ganas de arrancarle la lengua desde la propia garganta a puñados a quién odias por un instante; las ganas de hacerte uno, metiéndote dentro de la forma que encuentres a quien amas (no todo tiene que ver con penetraciones sexuales, por favor); las ganas de correr más y más rápido en un campo abierto; la sensación de la fuerza del viento a brazos abiertos en un día de temporal; las idea de lanzarte al metro cuando viene a dos metros de ti; el deseo de dar vuelta la mesa en las ceremonias solemnes; la intención de besar a alguien cuando llevas cinco minutos conociéndole; el grito grosero que contienes dentro de una iglesia; las ganas de gritarle la verdad a quién te ama y no amas; el comentario más fuera de lugar en una conversación que se sabe seria; el querer desnudarte en frente de una familia que se dice liberal; las ganas de lanzarte por una ventana porque sí; saber que en este preciso instante dentro de ti tu corazón impulsa células que viajan por toda la extensión de tu cuerpo permitiendo el intercambio metabólico de nutrientes y gases; comprender que las cosas que hoy son, mañana ya no se saben; atrapar alguna espalda y sostenerla con fuerza contra ti mismo mientras descubres la textura de la lengua de ese mismo cuerpo sostenido.

La vida deviene. Gran parte de las cosas que devienen suceden en mi tránsito circunstancial por la vida. Las conversaciones se cruzan frente a mi rutina. Los problemas se atraviesan en mi rutina. Me encanto en mi rutina y me desencanto también en ella. Construyo un día según la forma en que mis emociones despertaron ese día. Incluso también he sido irreverente con ellas y cuando me predecían un mal día lo transformé de puro gusto en un día bueno y viceversa. Juego con mis días, insisto, de puro gusto. Si ese placer no me pertenece, qué placer entonces.

Me veo parado parido arrojado dentro de un cuerpo que no escogí. Fui construido por las
 circunstancias de mi contexto histórico-social-cultural, pero en esa misma construcción me des-construyo y huyo y me construyo nuevamente. De puro gusto. Nada me parece estático. La dinámica ideológica transforma mis días y hago lo que quiero con ellos. No me ato, porque si me ato pierdo mi libertad y sin mi libertad soy un arrojo que por un momento parece encontrar sentido en su arrojo y entonces se vive sabiendo el mañana. Un predictor del futuro.

Mira, puede sonarte muy loco. Qué clase de demonio se te metió en el cuerpo, pendejo. Pues ninguno. No entiendo la bondad ni la maldad tampoco. Muchos reaccionan y se comportan de acuerdo a lo que la vida hizo de ellos. No tengo idea. No sé qué hizo la vida de mí. No sé si me comporto de acuerdo a lo que las circunstancias quisieron que fuera. Yo ahora quiero pensar que me comporto tal cual como se me dio la gana justo en este mismo momento.

Los locos no están locos. Ni los cuerdos lo están tampoco. Las construcciones morales déjaselas a sociedad. Y a la sociedad déjale las culpas de los hombres. Yo no quiero culpar a nadie. Me hago cargo. De verdad que sí.

Que cada uno haga lo que quiera. Y que se hagan cargo o no. La vida deviene. Yo me muevo donde quiero, donde puedo. Casi nunca donde se espera.

Me gusta ser hombre, ser persona, porque no está dado como cierto, inequívoco, irrevocable que soy o seré decente, que manifestaré siempre gestos puros, que soy y que seré justo, que respetaré a los otros, que no mentiré escondiendo su valor porque la envidia de su presencia en el mundo me molesta y me llena de rabia. Me gusta ser hombre, ser persona, porque sé que mi paso por el mundo no es algo predeterminado, preestablecido. Que mi “destino” no es un dato sino algo que necesita ser dicho y de cuya responsabilidad no puedo escapar. Me gusta ser persona porque la Historia en que me hago con los otros y de cuya hechura participo es un tiempo de posibilidades y no de determinismo. Eso explica que insista tanto en la problematización del futuro y que rechace su inexorabilidad”.
Paulo Freire en Pedagogía de la Autonomía.
El hombre es un ser inexplicable”.
Michel Foucault.