Y no me avergüenza (si me avergüenza porque no la publiqué el día que la escribí) contar estas tragedias de mierda porque todas estas tragedias de mierda no tienen que ver conmigo. Y no es que no quiera hacerme cargo. Me he hecho cargo 32 años de esta vida culiá que me tocó y hasta ahora puedo decir que no me ha ido del todo pésimo. Vamos (por qué utilizo estos conectores esponiolísimos, venga), estoy escribiendo esto con la guata llena, con una casa bacán, y un par de gatos que viven y me acompañan contentos en el día a día. Además, hay un montón de gente dispuesta a echarme una oreja pa cuando quiero vomitar mis weaítas y eso, por supuesto, que da lugar a agradecimiento.
Pero qué me atormenta tanto. Es una locura, pero no soy capaz de dar pie firme cuando se me cruzan los cables. En un mismo minuto puedo decirle a alguien que lo amo y que se aleje para siempre. Me atrapa la estupidez. Llamémosle enfermedad (y sí, mientras escribo esta entrada, marco a un dato de psicólogo pa que me dé hora. Estoy exhausto de dos semanas de rebotar).
Siento que soy como esos perros kiltros que recibieron tanto palo culiao a lo largo de su vida que cuando alguien le propone comida y abrigo, reacciona con desconfianza, como diciendo que nuevamente hay algo escondido. El palo, la burla, qué se yo.
Y el horóscopo reculiao que leo habla con tanto desprecio de gente como uno. Seguro es porque lo escriben hijueputas como la MíaAstral que, luego de su sesión de yoga y ejercicios de mierda, se disponen a decirnos cómo debemos conducir la vida en base a dibujos culiaos que hicieron en estrellas en el cielo. Zánganos culiaos. Son como los teístas. Todos unos grandísimos hijos de la gran puta que creen que somos maquinitas configuradas por fuerzas místicas dispuestas a sacar una versión útil a sus conceptos culiaos de vida.
Tengo miedo. De no ser suficiente. De que cuando estoy en lo mejor me recuerden que no pertenezco nuevamente y me muestren la puerta de salida para que me vaya. Y me obsesiono tanto en esa idea que soy capaz de levantar una "verdad" que me brinde ese sentido trágico del abandono. Y me rehúso al abandono. ¿Por qué debería entregarme a una verdad tan miserable? Yo pienso que la consciencia, webiá y todo, nos brinda la posibilidad de amar y de sentirnos amados. De sentirnos maravillosos para alguien. Pero hay algo que no conecta. Mi mente se empeña en auto-sabotearme. En encontrar todas las evidencias que me llevan a la puerta de escape. Y me convenzo de eso a tal grado que soy capaz de quitar el abrazo que me sostiene querido y alejarlo con sinsentidos y brutalidades.
(Voy a rectificar esta entrada de meses atrás con otra ahora, inmediatamente).