Hace días que quiero escribir
sobre algo, pero reconozco, aun no lo tengo tan claro como para cerrarlo. Veré si
sale el punto de lo que quiero expresar.
En este instante de mi vida,
apunto a sacar la pedagogía, encontrar pega en un campo y virarme hasta nuevo
aviso a trabajar con chicos/as para salirme de la violencia que expresa este
sistema.
Cuando hablo de violencia me cuesta
saber por dónde comenzar. La construcción de este país necesitó de un proceso
de desconstrucción social llevada a cabo en una Dictadura sangrienta y
opresora. Muchos pasan por alto este punto cuando imaginan hacer más justa la
nación. No veo de qué manera podemos concretar cambios profundos, en tanto sus
formas, bajo la vía democrática. En Dictadura se aniquiló cualquier estado de
conciencia social de clase, haciendo desaparecer a sus precursores y coartando
drásticamente, a través de una fuerte represión, la sola idea de generar
cambios. Pasamos de una patria consciente a una sociedad de consumo sumamente
individualista.
El sistema, como está, es una
burbuja neoliberal de lujo. El sostén de esta democracia de mercado tiene
varias patas que la sostienen cual suerte de trípode:
(1) Por una parte la [mala]educación que
reproduce la desigualdad sin vergüenza. Los estudios que intentan de sacar
una radiografía al sistema educativo en Chile son tajantes: la
educación no integra, por el contrario segrega brutalmente por medio del
pago de colegios que funcionan cual suerte de patios de castas sociales: pobres
con pobres y ricos con ricos; la educación tampoco educa, sino que
entrega conocimientos muy dirigidos a la aprobación de pruebas que miden
conocimientos como si fuera un mero entrenamiento. Un chico o chica puede
aprender muy poco en su enseñanza formal obligatoria, pero le basta un año de preU (otro negocio) para pasar la selección; la educación no construye sociedad ni
individuos cívicamente responsables. Extrañamente eres un ciudadano que
puede elegir a sus representantes sin tener idea de la función de tus
representantes. La educación cívica y la filosofía no resistieron en la actual
democracia de mercado, quedando relegadas, absurdamente, por detrás de la
asignatura de religión. Es más importante saber de valores religiosos que de
comportamiento cívico y pensamiento analítico. Un insulto por dónde se le mire.
(2) Los sueldos regulados por el libre-mercado
y las malas condiciones laborales. La Fundación Sol ha hecho una pega
tremenda estudiando los ingresos de chilenos/as en la actual democracia de
mercado. En Chile no sólo se distribuye mal la ganancia, sino además quiénes
menos reciben, están por lejos de una vida digna. El “bicicleteo” ya es un
deporte nacional (muy por encima el troglodismo expresado en el rodeo). Las
condiciones laborales, por su parte, distan de entregar un trato digno a sus
trabajadores/as. La vida se va trabajando. Toda la vida se va trabajando.
Trabajas para sobrevivir y para ver si la suerte de tus críos puede ser mejor
que la tuya; y no. No lo será.
(3)
La
democracia no representativa. El duopolio
expresado en el actual sistema binominal hace que partidos políticos no corran
con colores propios. Esto generó dos bloques en el Parlamento que hacen parecer
contrariedad, pero que en la práctica, resultan necesarios para su propio
enriquecimiento. Las leyes orgánicas constitucionales no serán jamás cambiadas
debido al alto quórum de votación que necesitan. La Concerta recibió desde la
Dictadura al país con la esperanza de una democracia, pero tras 20 años de
[des]gobierno, sólo hemos encontrado la confirmación de la Constitución de
Guzmán para este sistema neoliberal de mercado, que a muchos les terminó, definitivamente, acomodando.
(4)
Medios
de comunicación al servicio de capitales y clase política. Los tres puntos
anteriores no tendrían sostén si no se hiciera parecer que funcionan a la
perfección. Todos los medios de comunicación masivos (salvo pequeños semanarios
en papel y radios comunitarias) trabajan para fortalecer la idea de que Chile
es un país próspero, ejemplo para los vecinos y en vías de crecimiento. Del
abuso, casi nunca se habla, y si se hace, apenas se tocan las formas del abuso.
Jamás se hablará de la Constitución heredada en Dictadura, jamás se hablará del
sistema neoliberal, jamás se hablará de binominal, jamás se tocarán los fondos.
Jamás.
Por su puesto que quise tomar los
puntos más potentes y masivos de esta estructura neoliberal. Me quedó fuera el sistema de previsiones que condena al
consumo de días en la jubilación de trabajadores/as como antesala a la muerte,
sin capacidad de recibir retribuciones por una vida de trabajo (y abuso). El sistema de salud que se privatiza
día a día más debido a la precariedad de hospitales públicos (con ganancias
suculentas para el sistema privado). El
aumento de la delincuencia como un producto obvio de la mala educación y la
precariedad de empleos.
A estos problemas que afectan
directamente a la dignidad orgánica de los ciudadanos (alimentación, vivienda,
salud, ocio), se suma la violencia producto de la ignorancia. En Chile suelen
asomar grupos de trogloditas cada cierto tiempo, según el tema de contingencia.
Encontramos patriotas xenofóbicos
cuando sale la soberanía o un simple partido de fútbol; machistas agresores, cuando se habla de libertad de expresión,
familia, crianza; religiosos enfermizos
cuando no celebras un acontecimiento religioso popularmente aceptado (en un
país laico, ojo); clasistas/arribistas/aspiracionales
cuando se trata de condenar el aspecto o las acciones de ciudadanos/as
diferentes a la norma dictaminada por el gusto, el arte, o los buenos modales
que ellos/as dicen tener. Entre muchos otros.
Sí. Seguramente (si es que
lograste llegar a esta parte) me dirás que cómo puedo llegar a este nivel de
<amargura> y <negatividad> en tanto mi observación de la realidad.
Pues bien, no soy ni amargado ni negativo. Le llamo realismo, apertura de la conciencia o empoderamiento de mi humanidad. Cualquiera de esas tres cursilerías me agrada. He comprendido, por
simple abstracción y/o observación de mi entorno, lo que me espera si continúo
la inercia que el sistema me propone y, sinceramente, no me interesa.
Tengo un título profesional de
ingeniero que no me interesó desempeñar. Iba a llenarle los bolsillos a un
capitalista que ni sabe mi nombre (quién escoja hacerlo por el motivo que
quiera, está en su libertad de escoger eso y bajo ningún punto de vista lo condeno.
No ando jugando al papel de dios acá. Yo hablo por mí. Mal que mal el escrito
es mío, ¿no?). Trabajar años consumiendo mi tiempo día tras días para mejorarle
las cifras de ganancia a un tipo que no me entrega más que un sueldo que ni
siquiera considero justo por sus prácticas, insisto: no me interesa. Por ello retomo el segundo párrafo
de este escrito: quiero ser profe en un campo. Me quiero alejar de la violencia
del Sistema. De toda su violencia. He sido profesor por tres años y no hubo un
solo día en que volviera cansando sin ganas de volver al día siguiente. Lo
disfruto. Me entretengo. Además lo utilizo como un espacio de privilegio para abrir
conciencias y formar nuevas realidades. ¿Qué mejor? No tengo ganas de pelear
contra este sistema desde tan adentro del sistema mismo, porque no soporto su
violencia y ni mucho menos su inercia.
Admiro a quiénes guardan esperanza de cambios. Admiro a quienes consumen sus
días en protestas, radios, manifestaciones sociales, etc, etc, etc, pero yo soy
de cartón para eso. Un egoísta, si quieren darle un nombre más acabado. Voy a
velar por mí, por mi vida, por mis días, por mi sanidad mental, por mi
humanidad y por la de quienes deseen compartir ese modo de vida.
Para mí la revolución social no
es broma. No es jugar al abusado contra los pacos. No es jugar al indignado
contra el jefe. No es jugar al indefenso contra el político. No. No me lo puedo
tomar livianamente. Para mí la revolución social es sentir que el vecino/a que
vive peor que tú consumirá su vida en la inercia y la indefensión sin poder
hacer algo a cambio y eso, sinceramente, me enmierda, y me mata tanto como a él/ella.
A veces lamento la conciencia que
desperté en mí. Podría haberlo pasado bien sin ella. Estaría trabajando feliz,
juntando cosas para una casa que pagaría el resto de mi vida a un banco (que me
la quita si le fallo), compartiendo éxitos económicos y familiares con mis
semejantes, disfrutando de los logros sociales de ascenso y prosperidad. Pero
no. Ya estoy cagado. No me hace sentido la felicidad juntando mercancías y
preparando a mis potenciales críos para hacer lo mismo. No vi humanidad en todo
ello. Ya no me interesa.
Prefiero encontrar alguna pequeña
forma de paz y sentido en hacer lo que mi conciencia me dicta. Espero que este
país mejore. Que la dignidad por fin algún día alcance a los hogares que más lo
necesitan y que la humanidad empape cada existencia de esta extensión de
tierra, pero, sinceramente, no lo veo posible como están hoy las cosas. Mi
propuesta claramente es cortar cabezas (literalmente) en plazas públicas y
luego re-ordenar las reglas del juego. Si algún día sucede, espero echar la
manito que se necesite. Mientras tanto, no estaré jugando a la revolución:
mejor me dedicaré a consumir mis días como deseo, aportando el grano de arena
que se necesite donde me sienta cómodo.