Plantearme la vida desde el absurdo ha traído a mis rutinas unos tonos exquisitos de goce y disfrute. Y es que haber comprendido que la intrascendencia me invita a tomar mi existencia como una manifestación de movimiento y pensamiento en el hoy, me tiene definitivamente despierto.
Puedo ahora ocuparme en mis observaciones del entorno con todas las energías de mi humanidad sin cuestionarme el rol o el sentido de mi vida en este arrojo al mundo. En esta
tarea cotidiana he visto manifestaciones de hombres y mujeres, en lo individual y en lo colectivo, con la perspectiva de quién observa su contexto a través de un prisma fantástico; como quién mira una película en todas sus dimensiones posibles y se divierte en ellas de forma permanente.
En general, y sin querer caer en la pedantería, me provocan ternura las luchas, las emociones, los actos, las expectativas y todo cuánto nace del hombre visceral o pensante. Sobretodo en Chile con sus matices fascinantes. Chile no es un país simple, todo lo contrario, está lleno de contradicciones que obnubilarían a cualquier creativo del arte. El chileno y la chilena viven una vorágine de sociedad que delibera entre el Mercado, el exitismo nacional, la sobrevivencia mensual, la manifestación callejera y el circo televisivo-político. Toda una olla de condimentos que a ratos pareciera que explota, pero que en la mayoría del tiempo, cocina la carne, la conciencia y las buenas intenciones de quienes le quieren hacer ñeque.
Me gusta Chile; en el absurdo me gusta. Me entretiene. Un hombre absurdo se divierte en el espacio que habita, pero me en un país tan sabroso como Chile, se divierte dos veces.
Si a vivir en sinsentido, más el territorio chileno, le agregáramos descuartizar políticos, entonces no habría Best Seller que lo supere. Pero rara vez se tiene todo lo que se quiere.
Besitos.