domingo, 27 de enero de 2013

Resentido

Tengo 28 años. Nací en Chile, en el sur de Chile. Era Dictadura todavía. No tengo memoria de cuándo me enteré que habíamos pasado a esta democracia. Me eduqué en colegios públicos. Nunca me cuestioné mucho. La verdad fue casi nada. Viví la vida como la vive un pendejo: consumiendo días, recibiendo órdenes, haciendo lo que todos hacen; intentando de avanzar. Me criaron mis abuelos en medio de una realidad pobre.

Entré a la U y seguí pobre. Pero en la U casi todos los son, así que tampoco caí en lo que quiero contar. Todo comenzó al entrar a la pega. Entré a trabajar de profe. Como ingeniero esperaba ganar más plata, pero ni pega había. Salir de la U y buscar pega en lo que te gastaste el lomo siete años (5 de carrera y 2 de tesis), y no encontrarla, me comenzó a dar luces de que algo no funcionaba bien. Como profe entré haciendo un par de horas de reemplazo. Aumenté a 43 hasta final de año. Sacaba 530 lucas. Era mucho dinero para alguien que no había tenido más que los sueldos mínimos que pagan en las salmoneras por turnos de verano.

Al siguiente año comencé a pensar en ahorrar para una casa. Pensé en un crédito y me fui de culo con los intereses. Digo: ya quedaste metío con un crédito en la U para ganar más que el mínimo (esa fue mi única motivación) y ahora te ensartan con otro. Segunda luz de que la vida se venía con un par de mierditas que nadie te contó. Comencé a cuestionar todo a mi al rededor y el resultado era inevitable: me volví un resentido social.

Los sentidos sociales somos mal mirados. Me han tratado de amargo. De infeliz. De mediocre. De poco optimista. De estar desconforme con todo. De que me gusta alegar porque no quiero trabajar. De comunista. Entre otras.

Mi resentimiento nace como una reacción ante la injusticia. Mi resentimiento fue en un comienzo indignación al ver que nunca nadie me enseñó lo que significaba un país, una república, un Estado, un Gobierno. Las viejas de mierda de mis clases de historia, profes con la vocación en el culo, nos miraron como lo que éramos: una tropa de hueones pobres que no necesitaban la historia. Pa qué: si van a limar fierros el resto de su vida. El resentimiento surge al ver que la pobreza en la que viví, no debió ser tal si los organismos del Estado hubieran funcionado correctamente. Si la Sociedad me hubiera protegido como una parte de ella.

Pero el resentimiento siguió creciendo a medida que aumentaba mi conocimiento: llegué al Capitalismo, al neoliberalismo, a la republiqueta llamada Chile, al Parlamento, a sus Gobiernos, a los medios de comunicación, a la educación que adoctrina, que sujeta, que coarta, que mata. A la realidad de hoy.

¿Y qué hago ahora? A veces hubiera preferido no haber caído en la indignación y haber tenido la cuea de algunos compañeros de U que encontraron satisfacción en sus trabajos y en sus sueldos. A veces hubiera querido no caer en un liceo para no volver a vivir la educación, pero desde la pizarra, enseñando. A veces me hubiera gustado ser un chileno más: uno que agradece, que se dice feliz, que le hace la venia al patrón por la cagá de pega y de plata que recibe. Pero ya estoy cagao. Pregunto de nuevo: ¿Qué hago ahora?

En un comienzo me agarré con quién se puso en frente. Nadie me iba a venir a dar lecciones de mi vida y de cómo debía tomarme mi realidad. No lo permití nunca. Me fui alejando. Me alejé de todo. Y sí: en algún momento caí en lo que decían: me volví un resentido amargo. Uno muy amargo. Pero pregunto de nuevo: ¿qué se hace ahora? Tengo una idea: El pequeño grano de arena.

No quiero alegar más. ¿Pa qué? El facho pobre es tan víctima como yo. Ambos vivimos en la ignorancia. Yo recién vengo saliendo un poco de ella. ¿Qué le voy a explicar que su General, como le dice, hizo mierda la educación en Dictadura? ¿Qué le voy a explicar que la piedra que se tira en la calle nace como una reacción ante el abuso? ¿Qué le voy a decir que trabajar es más que sentirse ocupado haciendo algo? Nada: me hago a un lado y si me toca una mesa con uno de ellos, le respeto. Le hablo de otra cosa. Me hermano con él en la humanidad, que al final es la única mierda que nos va quedando por compartir.

Me cansé. No pretendo dar discursos. No soy quién para motivar a nadie a nada. No soy ejemplo. Sólo digo: ésta es la vida que me tocó, y quiero tomármela lo mejor que pueda. La amargura no mi alternativa. Prefiero la indignación y desde ahí la acción: voy a ser profe.








martes, 15 de enero de 2013

Los doce juegos

Estábamos en primero medio en el liceo y nos tocó cantar con el curso completo para la semana aniversario. Un grupo de 45 en un liceo industrial. Un compañero picao a punk nos dijo que "El baile de los que sobran" era un buen tema. Nos gustó el ritmo y la letra. La ensayamos con el profe de música y la presentamos en el acto. Sacamos el segundo lugar; nos ganó un cuarto medio con "Qué hacen aquí" de Illapu.

Debo confesar que el tema me gustó, pero que no comprendí en ningún momento que cantábamos de nosotros mismos. En primero medio ya tenía 9 años de educación formal en el cuerpo y todavía no entendía el fin de la misma. Terminé los doce juegos y tampoco caí nunca en que la educación en Chile no educaba, no era igualitaria en su acceso, ni inclusiva en su forma, ni formadora en su fondo.

El liceo tenía un sistema dual, donde buena parte de la enseñanza se adquiría en terreno. En tercero medio, mientras conversábamos en el internado de las pegas que hacíamos en la empresa, nos detuvimos un instante y nos miramos: manos con aceite de auto, espaldas aporreadas por los martillazos a los fierros, dedos machucados por los cables de los motores. Y me atreví a hacer la pregunta: ¿vamos a hacer ésto toda la vida? ¿y vamos a ganar la miseria que gana la gente con la que hemos estado haciendo las prácticas?. No. Alguna cosa intentaríamos.

Inmediatamente comenzado el cuarto medio, con siete compañeros, nos fuimos al preU. El Cepech. Regateamos que no teníamos plata. Que sólo queríamos un ramo: específica de matemática (era PAA ese tiempo todavía. La última). Mostramos los promedios buenos que teníamos en el liceo y al final, por un moco de plata, nos dieron la pasá. Quedamos en una sala de 30 alumnos, con el resto casi todo del Instituto Alemán de Puerto Montt.

Los primeros ensayos fueron nefastos. Casi nadie superaba los 450 puntos, mientras que nuestros compañeros alemanes de aula ya iban por sobre los 650. El panorama se veía negro, pero no teníamos tiempo para ponernos a llorar. A todo ésto, teníamos que pedir permiso en el internado a mitad de semana (el miércoles) para ir después de clases al preU a Puerto Montt, ya que el liceo quedaba en Frutillar. Producto de las salidas, en el internado nos pusieron "loscepechs". Ja.

Terminamos el preU. Todos obtuvimos sobre 700. Víctor, mi compañero de litera en el internado, hoy ingeniero civil, sacó sobre 800. Veíamos nuestros puntajes y nos cagábamos de la risa. Superamos a muchos de lxs chicxs del alemán y nunca pagamos los 250 mil de mensualidad que pagaron sus padres desde primero básico. ¿Cuál fue la fórmula? Ponernos a todxs en una misma sala, con el mismo tipo de educación y bajo, al menos en ese lugar, las mismas condiciones. 

Entramos a la U, terminamos carreras. Somos 7 que accedemos a pegas donde no nos maltratamos. O al menos no por 193 lucas al mes. Pero nuestros compañeros de internado no corrieron la misma suerte. Sí, porque la educación en chilito no es cuestión de derechos, de oportunidades, es una terrible cuestión de suerte: suerte donde naces, suerte de alguna oportunidad que aprovechaste a ciegas, suerte de un buen liceo al que lograste acceder, suerte de un profe que te motivó a algo fuera de tu realidad, de la plata que gana tu papá.

La educación en Chile, ni siquiera es un derecho en su acceso.

"Mis amigos se quedaron,
igual que tú,
este año se les acabaron,
los juegos, los doce juegos".