domingo, 31 de marzo de 2013

Todo ha sido.


No hay indignación afuera, tampoco nadie tiene frío. 

La gente no muere de pena. 
El amor no está escondido. 
La política ahora la hacen los pueblos.
El planeta dejó de explorarse. 
Los países ya se hermanaron.
Los ejércitos son de poetas.
Se pidió perdón, se perdonaron los culpables.
Se enterraron los muertos desaparecidos. Descansaron las madres.
Se educaron los instintos.
De conocimientos fueron llenas las ignorancias.
Se olvidaron los imposibles.
Se encerraron tiranos y aprendieron sus lecciones.
Se apagaron las tevés.
Se amaron los amantes.
Tus formas ya construyerons mis poesías.
Se evocaron los sentidos.
Cada víctima recibió su porción de justicia.
Se brindaron las alegrías y se emborracharon las penas.
Se distribuyeron los recursos.
Lloraron los contenidos hasta ser consolados.
Murieron los desahuciados.
Callaron los insensatos.
Cada cosa estuvo en su lugar. Cada lucha fue cesada.
La muerte no tuvo más lugar sin ser esperada.
Entonces hubo muerto la esperanza...
Y junto con ella, nos morimos todos.
El mundo fue extinto. 
Las estrellas consumidas. 
El universo silenciado.
Entonces, cada dios deseó una nueva creación.  
Pero ya los hombres habían también muerto.

sábado, 16 de marzo de 2013

Flaites y Progres


No me impresiona ya, pero considero necesario comentarlo. Pareciera que cada ciudadano de esta franja de tierra desea desmarcarse del otro con el fin de sentirse más. La explicación es obvia, si consideramos el nivel de individualismo que heredamos de la dictadura. Se busca ser más  que el otro y en ese afán se echa mano a lo que sea para conseguirlo.
Tuvimos hace poco, toda una semana de festival de Viña. Todo un país enterado –directa o indirectamente- de lo que ocurría en el certamen televisivo  de música, televisión, moda y vainas afines más importantes de nuestro país. Yo lo seguí desde mi cuenta de twitter y observé desde ahí el circo romano.
Entiendo que ahora clasifican a los artistas por noche, según el público que podría asistir. Noches de pelolais,  de flaites, de comunachos, entre otras etiquetas que pude apreciar. Incluso dentro de una misma noche, según el artista que iba saliendo, los grupos se arrinconaban en sectores. (Destaco la salida de 31minutos en donde al parecer el 99% estuvo disfrutando. Bien por ellos)
A mí me costaría identificar en Chile a los grupos que lo conforman. Ricos y pobres podría ser la más clara, pero no lo es. Hay pobres arribistas y ricos abajistas. Ya ahí tenemos cuatro grupos de una. Pero la gran masa,  sin duda, la encontramos en la manoseada clase media.  
Me encanta ver en la clase media a los que odian a los ricos por la cantidad de dinero que tienen, pero me surgen dudas cuando los tengo más  cerca. ¿Qué odian? ¿Su dinero? ¿Su buena vida? ¿Su indiferencia? ¿O no poder ser como ellos? Los progresistas (Pros) son una clara expresión de éstos últimos. El Pro reclama contra la injusticia social. No le gusta la mala distribución del ingreso  porque dice que no les alcanza, que trabajan como negros pero que no lograrán nunca el estatus (no la dignidad, ojo) que el rico tiene y se enlista en luchas sociales. Cita a Marx, se emociona con Guevara, alucina con Violeta o Víctor, llora con Allende. Todo un ejemplo de revolucionario… pero. ..
Les tocó el show a los grupos de reggeatón y bachata y salió la otra parte de nuestro ejemplo de revolucionario. Burlas y flaiteos llovieron. Seguramente son los mismos que gritan contra loscabeza de sopaipas en las protestas. Los que quieren una marcha con gente educadita, con el pañuelito revolucionario bien a la vista, ojalá con algún distintivo rojinegro, o alguna de esas cositas que los hacen putear a pacos con el pechito en alto y la manito alzada. Ellos, los mismos que odian al rico, tampoco  gustan del flaite. Usan  excusas como que ser pobre no tiene por qué ser sinónimo de flaite. Luego viene el discurso autorreferente del papá que era chofer y la mamá que era nana y que igual salieron adelante. Que nunca necesitaron robar nada. Que esto y que lo otro. Inculeables.
Qué decir cuando la animadora del festival habló sin manejar bien el inglés con Elton John. Se tapaban la cara de avergonzados. Los mismos que dan discursos de Latinoamérica unida y todas esas linduras.
Cuando veo a estos progresistas y escucho sus discursos de integración y blablablá, me da la idea de que realmente no quieren igualdad social. Ellos quieren tener las comodidades del rico. Pero como el flaite seguirá molestándoles con su expresión flaite, ropa flaite, canciones flaites, modismos flaites, cejas flaites, y todas esas flaitesas que ellos odian tanto, pedirán también educación para los flaites, pero no porque los quieran ver  vivir dignamente, sino porque les molesta que no sean tan educaditos como ellos.
Si el pobre no fuera flaite (cuando quiere serlo) y  si no hubiera delincuencia (de la que se condena socialmente, porque la delincuencia de los barrios altos: cheques protestados, drogas de colores, evasión de impuestos, etc. no se condena con la misma fuerza. Es cosa de prender la tele), entonces no habría problemas con los pobres. Posiblemente se les iría a construir casitas una vez al año y se le recolectarían juguetes para las navidades.
¿Qué pasa, joven, jovencita? ¿Por qué no le gusta lo que es? ¿Sabe lo que es? ¿No sabe que es un ser humano igual de válido que cualquiera? ¿Es por eso que quiere desmarcarse? No importa, no lo culpo. No es tan simple saberse humano cuando se tienen tantas etiquetitas en contra que no le hacen sentir cómodo.
Pa terminar le comento una cosita: he hecho clases a flaites (como socialmente les llamamos) y son personas. Sí: hueones bacanes y hueones pencas. No son más humanos que un cuico cuando se quita la etiqueta de cuico. Ni menos humano que usted, cuando se quita la etiqueta de revolucionario.
Cariños. 

martes, 5 de marzo de 2013

El meteorito


Me gustan las conversaciones. Me gusta la gente que logra seguirlas como quiero. Supongo que no es nada extraño; a todos nos interesa que podamos decir las cuestiones que pensamos y que alguien nos siga el hilo. Hace dos días invité a un tuitero a casa para que conversemos y llegamos al mismo punto en común: esperamos el meteorito. Me explico.

La idea de que todos somos válidos porque sí inició nuestra charla. Ante eso, se solucionan un montón de ideas que hoy en día todavía se discuten como si estuviéramos en plena edad media. La igualdad en valor humano hace que aceptemos que cada persona merece el mismo respeto por lo que expresa. Es decir, comprender la igualdad en valor humano nos lleva al respeto y a la libre expresión sin otra interpretación posible. Este escenario sería perfecto si comprendiéramos todos esa premisa. Pero se vienen los problemas.
Sentados todos en una mesa (que representa hipotéticamente a la sociedad), con el principio de igualdad sobre ella, tenemos a un disidente. Él no considera válido tal principio. No cree en la igualdad de valor de las personas. Considera que unos valen más (por cualquiera circunstancia) y amparado en esa idea, considera que puede coartar la expresión del que está a su lado. No habrá conversación posible que lleve a convencerlo. No se solucionará el problema con educación. No. Él considera que quién no se someta a su principio debe ser sometido o aniquilado. Punto.

¿Qué se hace? Es una lucha a muerte. Mi expresión libre (donde él cabía) versus su expresión libre, donde yo no quepo. Yo podría solucionarle el problema y someterme voluntariamente a su petición. Sin embargo, estaría siendo inconsecuente con mi principio de igualdad y de libre expresión. Nos entregamos a una lucha a muerte en donde él o yo terminará o sometido o aniquilado (la sociedad actual por ejemplo).
Si yo fuera el aniquilado, el problema se termina y la historia se acaba. Pero imaginemos que sea él quien salió vencido. Habríamos solucionado el problema quitando al disidente. Ahora la sociedad podría ser libre en su expresión sin excepciones. No obstante el siguiente [nuevo] problema.

En una nueva mesa de conversación uno de los presentes levanta la mano y reclama: “qué clase de sociedad igualitaria y justa es ésta en donde aniquilamos a quién no esté de acuerdo con nuestro principio de sociedad”. Pues bien, la justicia en un caso de disensión sin solución definitivamente no existe. No hubiera resultado dividir tierras y agruparnos según ideales, porque bajo el principio de desigualdad del desertor, nosotros debemos servirle o desaparecer. ¿Qué se hace? La única solución hubiera sido que ante la incapacidad de lograr acuerdo, nosotros los vencedores del pleito a muerte, luego nos hubiéramos quitado la vida para hacer justa la confrontación. [O mejor aún: aniquilar ahora a quién reclame por nuestro derecho propio de defendernos de quién desee nuestra propia aniquilación. Aguante los dictadores].

Quién reclama por la injusticia tras la aniquilación de quién nos quería muerto, ¿estaría dispuesto entonces a ser aniquilado para satisfacer su propia medida de justicia? De ser así, es un débil frente a quién le desea muerto o sometido. Pues bien: hoy somos el ejemplo de este personaje. Me explico nuevamente:
Reconocido el abuso al que estamos sometidos día a día (está expresado en una entrada de este mismo blog), nos vemos inmovilizados a cambiarlo por miedo a ser aniquilados. Cambiar el asunto (no a algo mejor, simplemente a algo distinto) sería tan simple como aniquilar a nuestros tiranos (se me vienen a la idea unos cuántos parlamentarios, gobernantes y empresarios), pero no lo hacemos porque ellos concentran el poder para defenderse (poder pagado con nuestros propios impuestos: Fuerzas Armadas, Servicios de Inteligencia, etc.). Ante esta cobardía (en realidad es una mezcla de cobardía y comodidad. Encontramos adaptación en el actual sistema aun cuando nos parezca abusivo) de arrancar del poder a quién nos oprime, somete, abusa, controla (e incluso a veces mata), mejor reclamamos pensando en que algo o alguien nos venga a liberar. [Algunos optimistas como Alberto Mayor incluso dicen que el sistema ya comienza a caerse a pedazos. Me gustaría saber a qué diablos se refiere cuando dice “sistema” porque claramente no estamos viendo lo mismo].

Pues bien: no nos parece todavía tan pulenta la idea de aniquilar a nuestros tiranos (como en la revolución francesa, por ejemplo), porque perdemos mucho (a pesar de que nos decimos tan indignados) y porque somos (en sensación) todavía pocos. Sabemos que reventar a un político no cambiaría nada (como los bombazos que le revientan los vidrios a un banco que al día siguiente son puestos y pagados con los seguros del mismo).

El sistema neoliberal impuesto saca suculentas ganancias en Chile. Somos latinos buenos pa la pega que nos creemos la cagá respecto a los vecinos. Pero no. Somos un pequeño yankilandia de cabezas negras arribistas. Las cosas no van a cambiar. Se los digo: acá hay mucho dinero. Ni siquiera una confrontación civil es posible todavía. El sistema capitalista no quiere perder un solo día de pega. No les interesa detenerse. Chile se sostendrá en pie y bajo limosnas, hasta que deje de ser la teta que entrega la leche que hoy produce. Y creo tenerles malas noticias: somos un país fantástico en recursos naturales: minerales, mar, forestales y alimentos que tenemos para explotar por un buen tiempo todavía.

Estamos esperando que algo cambie las cosas. Apuntamos a educar, a marchar, a arengar, a apedrear, a putear, a tuitear. Imaginando que algún día cualquiera de estas cosas diera frutos, seguramente el poder del tirano sabría nuevamente arreglárselas para someter y comenzar el ciclo nuevamente. Yo por mi parte, como el tuitero con el que conversamos esto, esperamos definitivamente el meteorito; al menos de esa forma nos aseguramos que el cabrón disidente desaparezca de una vez por todas.

Besos.