domingo, 25 de enero de 2015

Breve encuentro epifánico con Lemebel en la Plaza de Armas



Hace años trabajé en una bodega de productos farmacéuticos, con mi polera de piqué de cuello sucio y perfumada de cartones, tierra y encierro, mi pantalón cargo de oscuro azul marino pero aún así claramente piñiñento y con el logo institucional semicolgando, y con mi cartonero en un bolsillo lateral bien dispuesto. A pesar de la mugre y el calor del verano y el encierro, se puede decir que era una pega digna: los bodegueros eran todos tipos muy chistosos, se reía uno a veces hasta las lágrimas, si se hacían horas extras en las noches de descarga de containers el sueldo era para un joven sin obligaciones bastante respetable, y el almuerzo permitía que uno se repitiese el pan y el postre y el jugo, y si la hacíamos piola, incluso la sopa o el plato pricipal. Pero como todas las pegas aquí consideradas dignas no dejan de estar sujetas al vaivén de la economía o la sonora mentira de turno, llegó entonces y sin aviso y sin siquiera rumor de pasillo el día del finiquito. Para mí no fue gran cosa: ya estábamos terminando la segunda semana de febrero y en cosa de días yo ya tenía que estar viajando a Valparaíso a retomar mis estudios. Mal que mal, ellos y yo sabíamos que era algo temporal. Pero para el Guatón Claudio y otros, la noticia no era algo trivial. Para nada.

El Guatón Claudio era de esos tipos que es difícil no querer. Todos sabíamos o intuíamos -no sabiendo muy bien por qué- que era muy pobre. Yo siempre quería creer que su imagen bajita y rechoncha subiendo trabajosamente a su vieja cleta cada tarde de verano a eso de la seis y enfilando hacia Carlos Valdovinos era la que me soplaba su condición, pero había algo que se dibujaba en sus patas de gallo y en su sonrisa achinada de ojos verdes y melena de rucio pelo graso que me sugería de manera mucho más sútil y melancólica lo mismo que la vieja bici hacía. Pero no era que fuese pobre o que nosotros intuyeramos que lo fuese o ambas lo que hacían querible al Guatón Claudio. Lo que lo hacía entrañable era que en esa sonrisa antes descrita parecía no habitar trazo alguno de maldad.

El día del finiquito nuestros patrones sabiamente decidieron que debíamos ir a una notaría con la que tenían convenio en el centro de Santiago. Para hacerlo efectivo, y en un acto de bondad sin precedentes, nos darían un momento libre dentro de la jornada para ir al centro, hacer el trámite y volver a terminar con nuestras labores. Además, debíamos volver a entregar nuestros uniformes y el cartonero, ya que no podíamos abandonar definitivamente el recinto y el empleo mismo sin haber dejado tan valioso e irremplazable equipamiento en el lugar que nos cobijó por el tiempo que terminaba así, tras tres meses para a mí, casi un año para otros. Al saber entonces como funcionaría el proceso, el Carezorra (tenía él una frondosa barba y ya dije que me reía yo mucho en esa bodega) y yo pensamos al tiro: “hagámonos los hueones y salgamos lo más tarde que se pueda, así no volvemos en la tarde”. Fue así entonces que pasamos la mañana y parte de la tarde entre pales, estantes y cajas perdidas, haciendo la hora furtivamente hasta eso de las tres cuando coincidimos que era buena hora para presentarnos en la oficina del jefe para solicitar nuestro permiso. Y así estábamos, viendo al jefe anotar para nosotros la dirección de la notaría y escuchándolo explicar de mala gana cómo debíamos hacer entrega del vital e irremplazable material de trabajo al día siguiente, cuando entró el Guatón a la oficina preguntando cómo, cuándo, a qué hora y dónde. Y ante su carita de tristeza supimos que seríamos ahora tres los del último viaje a la notaría.

La oficina notarial resultó estar a un costado de la Plaza de Armas. Febrero la encontraba con poca gente, pero siempre conservando su inextinguible estampa de esquizofrénico bestiario de diversa capitalina fauna. Tras el papeleo en pleno centro y a ese costado de la plaza, y sientiendo el calor y sabiendo que esta era en el fondo una despedida, decidimos pasar la amargura del trámite con unas latas y reirnos juntos por última vez, pero pidiendo teléfonos y sigamos en contacto y otras mentiras de esas que maquillan lo que todos saben como adiós. Y ahí estábamos entonces, compartiendo el sudado pilseneo proleta de incierto futuro en el bestiario urbano del kilómetro cero, cuando tras la glorieta y rodeándola lentamente, aparecieron los tacos y la cadavérica pañoleta de Lemebel. Yo le había regalado a mi vieja años antes De Perlas y Cicatrices, y a la pasada lo había hecho mi compañero de velador por varias noches, así que no me fue difícil reconocerlo. Me quedé entonces pegado por unos segundos viéndolo andar como un grácil y estilizado cisne negro de ciudad, caminando en una secreta y armoniosa parsimonia que parecía esconder una partitura en el humo de su cigarro. Era imposible en esa tarde y en ese andar que llevaba no seguirlo, no sabiendo si ir y saludarlo y estrechar su mano, o gritarle “Grande, Lemebel”, como uno a veces hace con un futbolista o un músico que admira. Al final y como se debe hacer en esos casos, dejé que el momento fuese limpio y perfecto, que el andar de Pedro no fuese tocado tal vez para así recordarlo como lo hago ahora, casi como un cuadro. Pero esos mismos segundos son básicamente los mismos segundos que bastan para que socios como el Carezorra noten que la mirada de uno está en otra parte y dirijan entonces la mirada hacia esa otra parte y comprueben que uno mira a un marica viejo y ridículo en tacos, en tacos poh hueón, para mirarte luego con sorna de macho lleno de flatos de pilsen y lanzarte un “uuuuuuuuuuuy, te gustó el viejo culiao”, para luego cerrar con un “cada hueá que se ve aquí”. "Cada hueá que se ve aquí", con un claro gesto de profundo desprecio en la casi gutural manera de articular "hueá". Y aunque reconozco que me molestó, no me sorprendió y no le di mayor importancia. Pedro estaba lejos como para escucharlo y si lo hubiese escuchado le hubiese dado lo mismo, tal vez. Uno más. Además el Carezorra era así, gracioso pero medio sacohuea, y por más que le dijese quién era ese marica le hubiese dado lo mismo, lo importante para él era que ese viejo hueón se creía mujer y yo lo estaba mirando y la ley del macho callejero decía que si yo no me reía o hueveaba al hueco, había que huevearme a mí por hueco. Pero lo que sí me descolocó fue la risotada casi rabiosa del Guatón. El Guatón querible.

Los largos minutos que siguieron fueron entonces así: Pedro ya había desparecido hacía la catedral, y el Carezorra seguía en lo suyo. Que te gusta el pico, que te gastai parejo, que menos mal que no se bañaba cerca mío en la pega, que si recogía el jabón no me quejara y otras originalidades. Y aunque siempre he defendido la posibilidad y el derecho que tenemos en esta vida de reirnos de todo, esto no era merecía ya risas. Esto escondía puñaladas sociales. Y ante cada embestida, la cara y la alegría del Guatón crecían y tomaban otra forma para mí. La sonrisa achinadita era ahora filosa e hiriente. Todo lo que me parecía antes del Claudio y de su bicicleta se deshacía tras cada pachotada del barbón. Apuré las cervezas entonces lo más que pude. El vientecito de la plaza, fresco hasta hace minutos, era ya un tufo insoportable. Las pilsen además estaban tibias, pero eso no era lo que las hacía saber mal. Había ya una decepción más profunda que el sabor de un copete mal servido.

Me despedí de ellos y enfilé sin rumbo. Ambos habían decidido seguir con la tarde e ir a una fuente de soda. Caminé entonces con algo parecido a la rabia, imaginándolos esperando la micro a las 11 de la noche, meados en un paradero con la mochila a rastras. Los veía llegando a la casa tratando a la familia a patadas. Los veía a la mañana siguiente con la angustia de haberse chupado la plata mirando de frente a la mesa sin pan. Los vi así y recordé a Pedro y su manifiesto, pidiendo que no le hablasen del proletariado, que ser pobre y maricón es peor, y de lo ácido que hay que ser para soportarlo. Imaginé al Guatón y al Carezorra siendo homosexuales. Fletos. O abiertamente locas de loco afán. Los imaginé aguantando el hueveo de las gárgolas en la esquina de la pobla al llegar de noche en tacones. Traté de verlos aguantar noticias de amigas locas golpeadas en la noche, perdidas en sidarios, quedándose pelás y pobres y durmiendo solas. Traté y traté de verlos con esa valentía de ser pero no hubo caso, y a pesar del cariño que aprendí a tenerles y a pesar de lo desagradable que fue verlos en su pará de macho gratuitamente violento, entendí que lo que el Guatón y el Carezorra creían era que así, no siendo fletos como ese de allá o de acá, mantenido sus culos y bocas limpios de penetración alguna , eran ambos de alguna menos pobres, que estaban un poco más dentro y un poco más aptos para la máquina que los acababa de finiquitar.

Un poco más adentro de la máquina que, en el fondo, se los acababa de culiar.

Por Patricio Patillas.

viernes, 2 de enero de 2015

Argumentos

Le vamos a tener que explicar a los conservadores que su argumento de la defensa de la libertad de expresión para proferir sus argumentos de mierda es falaz.

Le vamos a explicar antes de eso qué significa que un argumento sea falaz. Para que luego que comprendan esto, comprendan lo otro. Porque así hay que tratarlos. Como gente no-racional que no comprende siquiera el objetivo de los argumentos.

Cuando argumentamos, argumentamos porque queremos conocer la verdad acerca de algo. Queremos poner a ese algo en todas las perspectivas posibles (aún las que no nos convienen), para comprender el material, la esencia, la sustancia de lo que se cuestiona. En este espíritu, un argumento es cierto cuando posee una estructura, una composición, una carga, que manifiesta una evidencia que nos resulta cierta, en el sentido de que todos quienes lo observan desde esa perspectiva, llegarán a la misma conclusión. Lo contrario se comprenderá por falaz.

Ejemplo.

Argumento conservador: la homosexualidad es antinatural.

Contra-argumento: La carga de naturalidad que le entregas al heteronormativismo se basa en la posibilidad que una pareja macho-hembra pueda reproducirse, cuando una pareja macho-hembra, en el medio natural (NO SOCIAL) desea hacerlo. La comprensión de anti-naturalidad que manifiestas, creemos, se aplicará a la imposibilidad de reproducirse entre dos individuos del mismo sexo. No obstante:

1. El medio natural comprende relaciones entre individuos que poseen un desarrollo de conciencia distinto al de nuestra especie. Nuestro desarrollo cognoscitivo nos permite un desarrollo evidenciable de una consciencia que abarca nuevas y -por lo tanto- diferentes comprensiones respecto a la reproducción y al placer que puede encontrarse en una relación sexual. Vale decir: la relación sexual en la especie humana (como en algunas otras especies no-humanas, según algunos estudios), no implica necesariamente el objetivo de la reproducción y, de hecho, minoritariamente lo hace. Tener sexo implica -también- la búsqueda de placer.

2. Dicho lo anterior, pareciera ser que la homosexualidad, comprendida como la relación sexual entre individuos del mismo sexo, no sólo no es anti-natural, sino que además se desarrolla bajo la bella posibilidad natural de las personas de buscar y encontrar placer.

3. Aceptar que la homosexualidad es antinatural porque no permite la procreación, implicaría aceptar que toda relación sexual busca la reproducción, cuestión que INSISTIMOS, no es cierta.

Conclusión: el argumento facho "la homosexualidad es antinatural" es falaz.

Ahora viene la demostración de lo que busca la entrada:

Argumento conservador: Me faltan a mi libertad de expresión cuando no me dejan discriminar a homosexuales.

Contra-argumento: Cuando abrazamos una verdad-social, abrazamos el espíritu de respeto mutuo que ella alberga. Buscamos que esa verdad, en tanto es construida desde el intelecto, debiera buscar el desarrollo y la sana relación de todas las personas con el medio donde se relacionan.

Cuando demostramos que el argumento conservador la homosexualidad es antinatural era falaz, demostramos que vamos a considerar otra vía de relaciones desde nuestra consciencia para nuestras relaciones. Mantener la postura desde la falacia, desde la mentira a nuestras propias comprensiones individuales y sociales, sería faltar a nuestra esencia racional y caer en la estupidez.

POR LO TANTO, no faltamos a la libertad de expresión cuando no aceptamos al homofóbico, todo lo contrario, abrazamos de manera tenaz a una verdad social que NO coarta ni i-respeta la expresión de nadie.

Ante esto, como amantes de las verdades sociales que se fundamentan en un espíritu de respeto y libertad, tomamos parte activa en esta discusión y llamamos falaces a los argumentos falaces y mentirosos a quienes los defienden.

¿No está de acuerdo? ARGUMENTEMOS.

¿Lo está?:




Fachosculiaos pobres y ricos



La fachitud me descoloca. ¿Han oído argumentar a un facho? Es puro balbuceo de historias que no puede comprobar, que son incoherentes o que abarcan solamente su pequeña burbuja de beneficios. El facho balbucea. Se contradice cada dos segundos, y si además es pobre, tiene el peso de la historia como evidencia en contra. Es un ser que bien puede ser diagnosticado de alguna enfermedad mental heredada o contraída. Neurosífilis, por nombrar una.

Tengo un compañero de universidad que goza de argumentar huevadas. Uno de sus temas preferidos es contra la unión de parejas que no calcen con su heteronormatividad. Me dan asco los homosexuales, argumenta. Pero en su argumento(?) deja fuera a las mujeres. Dice es que dos mujeres besándose es rico, jejeje, porque así conversa esta gente. Se pone seria pa la parte conveniente, pero cuando le evidenciai que es un imbécil, se pone chistoso. Se hace el simpático. El que no quiere verse grave por tonteras. Pobre hueón de mierda.

Luego te salen con la historia de mierda de la biblia. Quediosdijo. Quelanaturaleza. Y le intentai de argumentar que la naturaleza como argumento contempla el desarrollo cognoscitivo de la consciencia, de la comprensión del individuo desde su individualidad para un ser social, pero no. Queesantinatura. Y se sientan en su estupidez y eso es ley. Y ley, ah. Ley en el Congreso. Con los partidos cristianos haciendo leyes sus porquerías de argumentos. Y es que son tan porquería, que ni siquiera tienes que ponerte a validar o no sus mitos religiosos. No. Si basta con usar el mate, pero eso es mucho pedir.

Y el facho-pobre, como no tiene la validación de las élites en sus argumentos, echa mano a otras porquerías. El facho-pobre te argumenta que fuecriadoasí, queescomoleenseñaron. Porque este pobre hueón no es capaz de construir su propia realidad. No. Es una esponja (con la que el rico trapea el piso) que absorbe todo lo que le contaron. Y no lo que le contaron de todo, sino lo que selecciona de lo que le contaron para que pueda verse como su patrón. Si repite lo que le contó su patrón, entonces se sentirá más decente. Menos roto. Menos in-válido. Pobre hueón cobarde.

Yo no tolero a los fachos, ni pobres ni ricos, no porque me crea mejor, ni porque tenga la verdad. No. No les tolero porque atropellan. A todo atropellan. Argumentan desde su burbuja y para la mantención de su burbuja. Fachosculiaos insolentes con la sociedad. Fachosculiaos groseros con la libertad de la expresión del ser que está a su lado.

Basta.

PD: Perdón por la foto del cerdo culiao del Labbé. Uno de los fachosculiaos que disfruta de ser un cerdo. Un representante perfecto de toda esta estupidez.