Hace años trabajé en una bodega de productos farmacéuticos, con mi polera de piqué de cuello sucio y perfumada de cartones, tierra y encierro, mi pantalón cargo de oscuro azul marino pero aún así claramente piñiñento y con el logo institucional semicolgando, y con mi cartonero en un bolsillo lateral bien dispuesto. A pesar de la mugre y el calor del verano y el encierro, se puede decir que era una pega digna: los bodegueros eran todos tipos muy chistosos, se reía uno a veces hasta las lágrimas, si se hacían horas extras en las noches de descarga de containers el sueldo era para un joven sin obligaciones bastante respetable, y el almuerzo permitía que uno se repitiese el pan y el postre y el jugo, y si la hacíamos piola, incluso la sopa o el plato pricipal. Pero como todas las pegas aquí consideradas dignas no dejan de estar sujetas al vaivén de la economía o la sonora mentira de turno, llegó entonces y sin aviso y sin siquiera rumor de pasillo el día del finiquito. Para mí no fue gran cosa: ya estábamos terminando la segunda semana de febrero y en cosa de días yo ya tenía que estar viajando a Valparaíso a retomar mis estudios. Mal que mal, ellos y yo sabíamos que era algo temporal. Pero para el Guatón Claudio y otros, la noticia no era algo trivial. Para nada.
El Guatón Claudio era de esos tipos que es difícil no querer. Todos sabíamos o intuíamos -no sabiendo muy bien por qué- que era muy pobre. Yo siempre quería creer que su imagen bajita y rechoncha subiendo trabajosamente a su vieja cleta cada tarde de verano a eso de la seis y enfilando hacia Carlos Valdovinos era la que me soplaba su condición, pero había algo que se dibujaba en sus patas de gallo y en su sonrisa achinada de ojos verdes y melena de rucio pelo graso que me sugería de manera mucho más sútil y melancólica lo mismo que la vieja bici hacía. Pero no era que fuese pobre o que nosotros intuyeramos que lo fuese o ambas lo que hacían querible al Guatón Claudio. Lo que lo hacía entrañable era que en esa sonrisa antes descrita parecía no habitar trazo alguno de maldad.
El día del finiquito nuestros patrones sabiamente decidieron que debíamos ir a una notaría con la que tenían convenio en el centro de Santiago. Para hacerlo efectivo, y en un acto de bondad sin precedentes, nos darían un momento libre dentro de la jornada para ir al centro, hacer el trámite y volver a terminar con nuestras labores. Además, debíamos volver a entregar nuestros uniformes y el cartonero, ya que no podíamos abandonar definitivamente el recinto y el empleo mismo sin haber dejado tan valioso e irremplazable equipamiento en el lugar que nos cobijó por el tiempo que terminaba así, tras tres meses para a mí, casi un año para otros. Al saber entonces como funcionaría el proceso, el Carezorra (tenía él una frondosa barba y ya dije que me reía yo mucho en esa bodega) y yo pensamos al tiro: “hagámonos los hueones y salgamos lo más tarde que se pueda, así no volvemos en la tarde”. Fue así entonces que pasamos la mañana y parte de la tarde entre pales, estantes y cajas perdidas, haciendo la hora furtivamente hasta eso de las tres cuando coincidimos que era buena hora para presentarnos en la oficina del jefe para solicitar nuestro permiso. Y así estábamos, viendo al jefe anotar para nosotros la dirección de la notaría y escuchándolo explicar de mala gana cómo debíamos hacer entrega del vital e irremplazable material de trabajo al día siguiente, cuando entró el Guatón a la oficina preguntando cómo, cuándo, a qué hora y dónde. Y ante su carita de tristeza supimos que seríamos ahora tres los del último viaje a la notaría.
La oficina notarial resultó estar a un costado de la Plaza de Armas. Febrero la encontraba con poca gente, pero siempre conservando su inextinguible estampa de esquizofrénico bestiario de diversa capitalina fauna. Tras el papeleo en pleno centro y a ese costado de la plaza, y sientiendo el calor y sabiendo que esta era en el fondo una despedida, decidimos pasar la amargura del trámite con unas latas y reirnos juntos por última vez, pero pidiendo teléfonos y sigamos en contacto y otras mentiras de esas que maquillan lo que todos saben como adiós. Y ahí estábamos entonces, compartiendo el sudado pilseneo proleta de incierto futuro en el bestiario urbano del kilómetro cero, cuando tras la glorieta y rodeándola lentamente, aparecieron los tacos y la cadavérica pañoleta de Lemebel. Yo le había regalado a mi vieja años antes De Perlas y Cicatrices, y a la pasada lo había hecho mi compañero de velador por varias noches, así que no me fue difícil reconocerlo. Me quedé entonces pegado por unos segundos viéndolo andar como un grácil y estilizado cisne negro de ciudad, caminando en una secreta y armoniosa parsimonia que parecía esconder una partitura en el humo de su cigarro. Era imposible en esa tarde y en ese andar que llevaba no seguirlo, no sabiendo si ir y saludarlo y estrechar su mano, o gritarle “Grande, Lemebel”, como uno a veces hace con un futbolista o un músico que admira. Al final y como se debe hacer en esos casos, dejé que el momento fuese limpio y perfecto, que el andar de Pedro no fuese tocado tal vez para así recordarlo como lo hago ahora, casi como un cuadro. Pero esos mismos segundos son básicamente los mismos segundos que bastan para que socios como el Carezorra noten que la mirada de uno está en otra parte y dirijan entonces la mirada hacia esa otra parte y comprueben que uno mira a un marica viejo y ridículo en tacos, en tacos poh hueón, para mirarte luego con sorna de macho lleno de flatos de pilsen y lanzarte un “uuuuuuuuuuuy, te gustó el viejo culiao”, para luego cerrar con un “cada hueá que se ve aquí”. "Cada hueá que se ve aquí", con un claro gesto de profundo desprecio en la casi gutural manera de articular "hueá". Y aunque reconozco que me molestó, no me sorprendió y no le di mayor importancia. Pedro estaba lejos como para escucharlo y si lo hubiese escuchado le hubiese dado lo mismo, tal vez. Uno más. Además el Carezorra era así, gracioso pero medio sacohuea, y por más que le dijese quién era ese marica le hubiese dado lo mismo, lo importante para él era que ese viejo hueón se creía mujer y yo lo estaba mirando y la ley del macho callejero decía que si yo no me reía o hueveaba al hueco, había que huevearme a mí por hueco. Pero lo que sí me descolocó fue la risotada casi rabiosa del Guatón. El Guatón querible.
Los largos minutos que siguieron fueron entonces así: Pedro ya había desparecido hacía la catedral, y el Carezorra seguía en lo suyo. Que te gusta el pico, que te gastai parejo, que menos mal que no se bañaba cerca mío en la pega, que si recogía el jabón no me quejara y otras originalidades. Y aunque siempre he defendido la posibilidad y el derecho que tenemos en esta vida de reirnos de todo, esto no era merecía ya risas. Esto escondía puñaladas sociales. Y ante cada embestida, la cara y la alegría del Guatón crecían y tomaban otra forma para mí. La sonrisa achinadita era ahora filosa e hiriente. Todo lo que me parecía antes del Claudio y de su bicicleta se deshacía tras cada pachotada del barbón. Apuré las cervezas entonces lo más que pude. El vientecito de la plaza, fresco hasta hace minutos, era ya un tufo insoportable. Las pilsen además estaban tibias, pero eso no era lo que las hacía saber mal. Había ya una decepción más profunda que el sabor de un copete mal servido.
Me despedí de ellos y enfilé sin rumbo. Ambos habían decidido seguir con la tarde e ir a una fuente de soda. Caminé entonces con algo parecido a la rabia, imaginándolos esperando la micro a las 11 de la noche, meados en un paradero con la mochila a rastras. Los veía llegando a la casa tratando a la familia a patadas. Los veía a la mañana siguiente con la angustia de haberse chupado la plata mirando de frente a la mesa sin pan. Los vi así y recordé a Pedro y su manifiesto, pidiendo que no le hablasen del proletariado, que ser pobre y maricón es peor, y de lo ácido que hay que ser para soportarlo. Imaginé al Guatón y al Carezorra siendo homosexuales. Fletos. O abiertamente locas de loco afán. Los imaginé aguantando el hueveo de las gárgolas en la esquina de la pobla al llegar de noche en tacones. Traté de verlos aguantar noticias de amigas locas golpeadas en la noche, perdidas en sidarios, quedándose pelás y pobres y durmiendo solas. Traté y traté de verlos con esa valentía de ser pero no hubo caso, y a pesar del cariño que aprendí a tenerles y a pesar de lo desagradable que fue verlos en su pará de macho gratuitamente violento, entendí que lo que el Guatón y el Carezorra creían era que así, no siendo fletos como ese de allá o de acá, mantenido sus culos y bocas limpios de penetración alguna , eran ambos de alguna menos pobres, que estaban un poco más dentro y un poco más aptos para la máquina que los acababa de finiquitar.
Un poco más adentro de la máquina que, en el fondo, se los acababa de culiar.
Por Patricio Patillas.


