Siento que prácticamente intento hablarle de terminar esa relación que por
años la ha venido acompañando, pero que no ha cuestionado nunca. Son esos
polvos a medias que se pega tarde a tarde, noche a noche, que le dan un poco de
consuelo, pero que nunca le han hecho dormirse con una sonrisa en la cara. Es
hablarle de que, de un una puta vez, apague la tele. Con todo respeto, claro
está.
Usted quizá no se ha dao cuenta, pero entra y busca el
botoncito donde se prende el aparato. Ni siquiera busca un canal o alguna
programación específica: simplemente quiere que la pantallita le haga ruido. “Me
siento acompañado con la tele. Hago mis cosas y es como si estuviera con
alguien”, es el argumento más repetido que he oído. ¡Y claro!: si mientras se
acompaña, usted no se percata de todo lo que ocurre cuando tiene la televisión
prendida:
- La tevé llena el lugar. Usted no debe conversar. No debe generar ideas para sostener una conversación. No debe, siquiera, pensar en algo, porque la tevé le va rellenando el espacio que en algún tiempo le correspondía a usted.
- Cuando usted no conversa, y no genera ideas, comienza a evitar analizar su vida, su contexto, su día a día y lo remplaza por la historia que la tele le proponga: una telenovela, por ejemplo (muy bien pensada para atraparlo con alguna huevada arribista que usted sueña: sexo, dinero, “éxito”, etc.). Incluso puede llegar a ver su telenovela en portada de diario. Para que sienta muy bien que es parte de su realidad.
- Posteriormente, una vez que dejó a un lado el ejercicio de pensar por sí mismo y de criticar su contexto (para bien o para mal), está entonces listo para tragarse lo que el dueño del canal de tevé desee proveerle: noticiarios manipulados, telenovelas, toneladas de publicidad, programas de vidas de famosillos, y todo el arsenal de mierda que pueda imaginarse.
- Finalmente usted agradecerá tener una tele, porque le acompañará su vida, le hará reír, le entregará información, le brindará expectativas, le guiará en su caminito al éxito (aunque usted no se de ni cuenta).
Sin embargo, olvídese de generar ideas propias, de conversar
con pasión por algo que le afecta realmente, de sentir su realidad palpitando
en las sienes, de conectarse a tierra día a día en conversaciones en la mesa,
mientras come, mientras descansa. Olvídese de sentirse dueño de sus pensamientos y de
dormir con una sonrisa en la cara por hacerse cargo de ello. Eso no: para eso primero debe apagar la tele.
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