martes, 15 de enero de 2013

Los doce juegos

Estábamos en primero medio en el liceo y nos tocó cantar con el curso completo para la semana aniversario. Un grupo de 45 en un liceo industrial. Un compañero picao a punk nos dijo que "El baile de los que sobran" era un buen tema. Nos gustó el ritmo y la letra. La ensayamos con el profe de música y la presentamos en el acto. Sacamos el segundo lugar; nos ganó un cuarto medio con "Qué hacen aquí" de Illapu.

Debo confesar que el tema me gustó, pero que no comprendí en ningún momento que cantábamos de nosotros mismos. En primero medio ya tenía 9 años de educación formal en el cuerpo y todavía no entendía el fin de la misma. Terminé los doce juegos y tampoco caí nunca en que la educación en Chile no educaba, no era igualitaria en su acceso, ni inclusiva en su forma, ni formadora en su fondo.

El liceo tenía un sistema dual, donde buena parte de la enseñanza se adquiría en terreno. En tercero medio, mientras conversábamos en el internado de las pegas que hacíamos en la empresa, nos detuvimos un instante y nos miramos: manos con aceite de auto, espaldas aporreadas por los martillazos a los fierros, dedos machucados por los cables de los motores. Y me atreví a hacer la pregunta: ¿vamos a hacer ésto toda la vida? ¿y vamos a ganar la miseria que gana la gente con la que hemos estado haciendo las prácticas?. No. Alguna cosa intentaríamos.

Inmediatamente comenzado el cuarto medio, con siete compañeros, nos fuimos al preU. El Cepech. Regateamos que no teníamos plata. Que sólo queríamos un ramo: específica de matemática (era PAA ese tiempo todavía. La última). Mostramos los promedios buenos que teníamos en el liceo y al final, por un moco de plata, nos dieron la pasá. Quedamos en una sala de 30 alumnos, con el resto casi todo del Instituto Alemán de Puerto Montt.

Los primeros ensayos fueron nefastos. Casi nadie superaba los 450 puntos, mientras que nuestros compañeros alemanes de aula ya iban por sobre los 650. El panorama se veía negro, pero no teníamos tiempo para ponernos a llorar. A todo ésto, teníamos que pedir permiso en el internado a mitad de semana (el miércoles) para ir después de clases al preU a Puerto Montt, ya que el liceo quedaba en Frutillar. Producto de las salidas, en el internado nos pusieron "loscepechs". Ja.

Terminamos el preU. Todos obtuvimos sobre 700. Víctor, mi compañero de litera en el internado, hoy ingeniero civil, sacó sobre 800. Veíamos nuestros puntajes y nos cagábamos de la risa. Superamos a muchos de lxs chicxs del alemán y nunca pagamos los 250 mil de mensualidad que pagaron sus padres desde primero básico. ¿Cuál fue la fórmula? Ponernos a todxs en una misma sala, con el mismo tipo de educación y bajo, al menos en ese lugar, las mismas condiciones. 

Entramos a la U, terminamos carreras. Somos 7 que accedemos a pegas donde no nos maltratamos. O al menos no por 193 lucas al mes. Pero nuestros compañeros de internado no corrieron la misma suerte. Sí, porque la educación en chilito no es cuestión de derechos, de oportunidades, es una terrible cuestión de suerte: suerte donde naces, suerte de alguna oportunidad que aprovechaste a ciegas, suerte de un buen liceo al que lograste acceder, suerte de un profe que te motivó a algo fuera de tu realidad, de la plata que gana tu papá.

La educación en Chile, ni siquiera es un derecho en su acceso.

"Mis amigos se quedaron,
igual que tú,
este año se les acabaron,
los juegos, los doce juegos".




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