lunes, 22 de febrero de 2016

Cultura: la barbarie

»Creo haber notado de dónde procede con mayor claridad la exhortación a extender
y a difundir lo más posible la cultura. Esa extensión va contenida en los dogmas preferidos
de la economía política de esta época nuestra. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad
posible -producción y necesidades en la mayor cantidad posible-, felicidad en la mayor
cantidad posible: ésa es la fórmula poco más o menos. En este caso vemos que el objetivo
último de la cultura es la utilidad, o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en
dinero que sea el mayor posible. Tomando como base esta tendencia, habría que definir la
cultura como la habilidad con que se mantiene uno “a la altura de nuestro tiempo”, con que
se conocen todos los caminos que permitan enriquecerse del modo más fácil, con que se
dominan todos los medios útiles al comercio entre hombres y entre pueblos. Por eso, el
auténtico problema de la cultura consistiría en educar a cuantos más hombres “corrientes”
posibles, en el sentido en que se llama “corriente” a una moneda. Cuantos más numerosos
sean dichos hombres corrientes, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas modernas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en
que su naturaleza le permite llegar a ser “corriente”, desarrollar a todos los individuos de
tal modo, que a partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la mayor
cantidad posible de felicidad y de ganancia. Todo el mundo deberá estar en condiciones de
valorarse con precisión a sí mismo, deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La
“alianza” entre inteligencia y posesión, apoyada en esas ideas, se presenta incluso como
una exigencia moral. Según esta perspectiva, está mal vista una cultura que produzca
solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y de la ganancia, que consuma mucho
tiempo. A las tendencias culturales de esa naturaleza se las suele descartar y clasificar
como “egoísmo selecto”, “epicureismo inmoral de la cultura”. A partir de la moral aquí
triunfante, se necesita indudablemente algo opuesto, es decir, una cultura rápida, que
capacite a los individuos deprisa para ganar dinero, y, aun así, suficientemente
fundamentada para que puedan llegar a ser individuos que ganen muchísimo dinero. Se
concede cultura al hombre sólo en la medida en que interesa la ganancia; sin embargo, por
otro lado se le exige que llegue a esa medida. En resumen, la humanidad tiene
necesariamente un derecho a la felicidad terrenal: para eso es necesaria la cultura, ¡pero
sólo para eso!» «En este punto quiero añadir algo», dijo el filósofo. «A partir de esa
perspectiva -caracterizada de una forma que no carece de claridad- surge el grande, incluso
enorme, peligro de que en un momento determinado la gran masa salte el escalón
intermedio y se arroje directamente sobre esa felicidad terrenal. Eso es lo que hoy se llama
“problema social”. Efectivamente, podría parecer a esa masa, a partir de lo que hemos
dicho, que la cultura concedida a la mayor parte de los hombres sólo es un medio para la
felicidad terrenal de unos pocos: la “cultura cuanto más universal posible” debilita la
cultura hasta tal punto, que se llega a no poder conceder ningún privilegio ni garantizar
ningún respeto. La cultura común a todos es precisamente la barbarie. Pero no quiero
interrumpir tu exposición.»

En "Nietzsche - Sobre el porvenir de la educación".

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