sábado, 2 de febrero de 2013

Digo:

Supongo que cada uno tiene la libertad de enfrentar su vida como quiera en tanto vaya encontrando satisfacciones en ello. Yo no tengo mucha idea de cómo se enfrenta la mía. No es posible que no logre calmar el sentido que siempre me atormenta.

La capacidad de muchísimos de ocupar sus días sin detenerse mucho en ellos para analizar los hechos que le suceden, y más aún, para detenerse quizá una única y última vez antes de morir, es algo que me hubiera gustado muchísimo. En mi afán de entenderlo todo, estructuro mis hechos, los analizo, los reordeno cuántas veces sea necesario y finalmente, puestos en una suerte de diagrama, les doy vida. Pero todo ésto, hasta ahora, no me ha dado un sólo sentido. 

Envidio profundamente a la gente creyente en una deidad. Yo lo fui por mucho tiempo. Una deidad desprende sentido a chorros. Te dice que no importa lo que vaya pasando acá, porque, o él algún rato lo arregla, o te promete un cielo donde ya nada tendrá tormento. Excelente fórmula para aferrarse. Excelente sentido para los que lo buscan. Pero no: mis deidades, todas las que yo mismo inventé y las que la vida me había entregado, las deshice hace mucho sin vuelta atrás aparente. 

Admiro a esos pensadores que encontraron paz sin el sentido. Esos que dijeron que no necesitaban un por qué para consumir días. Esos que disponen sus fuerzas vitales para vivir la experiencia que el devenir de la vida les entregue. Sin más intención que sentirse dueños de sus vidas, más allá de lo que exista fuera de ellas.

Admiro también a los luchadores de todas o de algunas de las causas. A esos que encuentran en alguna injusticia un conducto en dónde canalizar su energía para transformar el mundo. Admiro tanto a los que logran sentirse plenos en ellos, como a los que, sin encontrar plenitud, consideran esa causa como un motor de sus vidas. 

Veo sus puntos. He sido parte de ellos. He luchado sus luchas. He llorado sus injusticias y me he alegrado con las pequeñas victorias (generalmente las pequeñas victorias invisibles para todos). He compartido sueños y visto esperanzas. Pero hoy nada vale. 

No tengo idea qué sigue. Tengo un par de proyectos que planifiqué realizar, pero sinceramente, hoy sólo me gustaría borrarme. Tomar mis ahorros, largarme a un lugar placentero, al menos en su forma, y esperar que alguna cosa, alguna causa, alguna deidad, alguna paz, acompañe mis días. Claramente eso no sucederá. Seguramente tendré que continuar porque hay que continuar. Porque no está permitido detenernos. Porque las luchas no se abandonan. Porque las vidas no se apagan. Porque la vida debe ser vivida según el conjunto de normas que todas las vidas, como un gran conjunto de luces, proyectan en la oscuridad: felices. 

No me interesan sus causas. No me interesan sus formas. Ni sus amistades. Tampoco sus amores. No me interesa hacer justas sus injusticias. No me interesa compartir la alegría ni la tristeza de nadie. Somos todos un producto de algo. Los ricos productos de su riqueza y los pobres producto de sus pobrezas. Y no, no estoy hablando dinero. Vea un poco más allá. Los tiranos siempre se reúnen en el mismo lado de la trinchera, y los abusados, sí, extrañamente en el otro mismo lado. Que se pudran todos. Que jueguen al abuso y al abusado el tiempo que quieran. No me interesa. No me da la gana de nada hoy. 

Hoy no me hermanaré con nadie. No me acompañaré por nadie. No seré el admirado ni el admirador de nadie. ¿Qué ganaría? Al final cada uno desea ver realizado su proyecto, saciada su hambre, albergado su amor. ¿Y qué después? ¿Nos entregamos regalos para ver qué bien hemos hecho todo? No me interesa. 

No tengo temor a decir las cosas. No me escondo en risas ni llantos de mierda. No soy capaz de postergar nada. Hoy valgo yo; y yo, con cada expresión de mi existencia, estoy en el fondo de lo que se supone que me contiene. 

¿Qué curioso, no? Nadie iba a pensar que mi mayor contención iba a ser, justo hoy, el vacío más grande que exista.










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