Mis abuelos son de Chiloé. Los fueron a botar hace más de 30
años en un pueblo de la isla para hacer la labor de pastores evangélicos. Digo
botar porque no le dieron ningún recurso para hacerlo. Llegaron en diciembre de
pleno setenta y tres. Los vecinos pensaban que eran comunistas que arrancaban a
un lugar donde nadie los pille. Su casa fue una choza. Pobreza extrema. Críos
de por medio.
Comenzaron a predicar. Mi abuelo siempre ha sido bueno para
la pega (hasta hoy trabaja como si tuviera todo el vigor de un joven). Se
dedicó a la pesca para subsistir y mi abuela a la venta de cosas para traer un
poco de más de dinero. Sus primeras prédicas las hicieron solos, con sus tres
críos en brazos bajo la lluvia del sur. Los primeros miembros fueron un par de
alcohólicos. Pasaron de estar siempre presos en el retén a ir a la iglesia. Luego
llegaron sus familias y así fue creciendo “la obra” como se le dice en el medio
evangélico a la labor de evangelización. A mi abuelo no le llegó nunca apoyo de
la comunidad eclesiástica a la que pertenece. Compró sus propios libros, hizo,
con ayuda de la membresía, sus propios templos (cerca de 15 ya en total). Se
educaron entre todos. Las primeras letras de los miembros de la iglesia fueron
la Biblia. Salieron todos arriba, como una comunidad que se aman, que se sabe
hermana. Hoy está viejo y mi abuela también. Hace un par de años construyeron
su primera casa propia. La iglesia les aportó una parte, lo otro fueron sus
ahorros. Un trabajo de toda la vida que les dio calma ya cerca de los setenta
años.
Están disponibles las 24 horas del día y todos los días del
año para sus ovejas. Los acompañan, se ayudan. No hay laureles en los que
dormirse. Hace unos años le pillamos la libreta de ahorro a la vieja. Le preguntamos
que qué hacía con la plata si nunca se compraba nada. Se rehusó un buen rato
hasta que soltó la pepa: compraba refrigeradores y cocinas a leña para los
hermanos que eran pobres y que recién llegaban a la iglesia. Quedamos
espantados. No de rabia, sino de asombro. Qué mierda, dijimos.
La última vez encontré llorando a la vieja porque sólo le pasó dos lucas (no tenía más) a un par de cabros que viven en la población. Andaban juntando unas monedas para ir a despedir con flores a su socio que había sido encontrado muerto hace unos días. No juzgó nada. Sólo dijo que no daba más de la pena por lo que le había pasado.
La última vez encontré llorando a la vieja porque sólo le pasó dos lucas (no tenía más) a un par de cabros que viven en la población. Andaban juntando unas monedas para ir a despedir con flores a su socio que había sido encontrado muerto hace unos días. No juzgó nada. Sólo dijo que no daba más de la pena por lo que le había pasado.
Mi abuela y mi abuelo son pinochetistas. Fachos pobres como
les llamamos nosotros los iluminados de izquierda. Yo no sé si sea ignorancia.
No tengo idea. Pero he visto más humanidad y hermandad en sus actos que muchos
de los de mi supuesto bando.
Sí: yo no entiendo nada. Si quieren, al igual que yo, nos
podemos ir todos a la mierda cuando pienso en estas cosas. O también podemos ir
un poco más allá antes de lanzar las etiquetas.
Eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario