jueves, 28 de febrero de 2013

El contexto


Mis abuelos son de Chiloé. Los fueron a botar hace más de 30 años en un pueblo de la isla para hacer la labor de pastores evangélicos. Digo botar porque no le dieron ningún recurso para hacerlo. Llegaron en diciembre de pleno setenta y tres. Los vecinos pensaban que eran comunistas que arrancaban a un lugar donde nadie los pille. Su casa fue una choza. Pobreza extrema. Críos de por medio.

Comenzaron a predicar. Mi abuelo siempre ha sido bueno para la pega (hasta hoy trabaja como si tuviera todo el vigor de un joven). Se dedicó a la pesca para subsistir y mi abuela a la venta de cosas para traer un poco de más de dinero. Sus primeras prédicas las hicieron solos, con sus tres críos en brazos bajo la lluvia del sur. Los primeros miembros fueron un par de alcohólicos. Pasaron de estar siempre presos en el retén a ir a la iglesia. Luego llegaron sus familias y así fue creciendo “la obra” como se le dice en el medio evangélico a la labor de evangelización. A mi abuelo no le llegó nunca apoyo de la comunidad eclesiástica a la que pertenece. Compró sus propios libros, hizo, con ayuda de la membresía, sus propios templos (cerca de 15 ya en total). Se educaron entre todos. Las primeras letras de los miembros de la iglesia fueron la Biblia. Salieron todos arriba, como una comunidad que se aman, que se sabe hermana. Hoy está viejo y mi abuela también. Hace un par de años construyeron su primera casa propia. La iglesia les aportó una parte, lo otro fueron sus ahorros. Un trabajo de toda la vida que les dio calma ya cerca de los setenta años.

Están disponibles las 24 horas del día y todos los días del año para sus ovejas. Los acompañan, se ayudan. No hay laureles en los que dormirse. Hace unos años le pillamos la libreta de ahorro a la vieja. Le preguntamos que qué hacía con la plata si nunca se compraba nada. Se rehusó un buen rato hasta que soltó la pepa: compraba refrigeradores y cocinas a leña para los hermanos que eran pobres y que recién llegaban a la iglesia. Quedamos espantados. No de rabia, sino de asombro. Qué mierda, dijimos.

La última vez encontré llorando a la vieja porque sólo le pasó dos lucas (no tenía más) a un par de cabros que viven en la población. Andaban juntando unas monedas para ir a despedir con flores a su socio que había sido encontrado muerto hace unos días. No juzgó nada. Sólo dijo que no daba más de la pena por lo que le había pasado. 

Mi abuela y mi abuelo son pinochetistas. Fachos pobres como les llamamos nosotros los iluminados de izquierda. Yo no sé si sea ignorancia. No tengo idea. Pero he visto más humanidad y hermandad en sus actos que muchos de los de mi supuesto bando.

Sí: yo no entiendo nada. Si quieren, al igual que yo, nos podemos ir todos a la mierda cuando pienso en estas cosas. O también podemos ir un poco más allá antes de lanzar las etiquetas.

Eso.

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