Me gustan las conversaciones. Me gusta la gente que logra
seguirlas como quiero. Supongo que no es nada extraño; a todos nos interesa que
podamos decir las cuestiones que pensamos y que alguien nos siga el hilo. Hace
dos días invité a un tuitero a casa para que conversemos y llegamos al mismo
punto en común: esperamos el meteorito. Me explico.
La idea de que todos somos válidos porque sí inició nuestra
charla. Ante eso, se solucionan un montón de ideas que hoy en día todavía se
discuten como si estuviéramos en plena edad media. La igualdad en valor humano hace
que aceptemos que cada persona merece el mismo respeto por lo que expresa. Es
decir, comprender la igualdad en valor humano nos lleva al respeto y a la libre
expresión sin otra interpretación posible. Este escenario sería perfecto si
comprendiéramos todos esa premisa.
Pero se vienen los problemas.
Sentados todos en una mesa (que representa hipotéticamente a
la sociedad), con el principio de igualdad sobre ella, tenemos a un disidente.
Él no considera válido tal principio. No cree en la igualdad de valor de las
personas. Considera que unos valen más (por cualquiera circunstancia) y
amparado en esa idea, considera que puede coartar la expresión del que está a
su lado. No habrá conversación posible que lleve a convencerlo. No se
solucionará el problema con educación. No. Él considera que quién no se someta
a su principio debe ser sometido o aniquilado. Punto.
¿Qué se hace? Es una lucha a muerte. Mi expresión libre
(donde él cabía) versus su expresión libre, donde yo no quepo. Yo podría
solucionarle el problema y someterme voluntariamente a su petición. Sin embargo,
estaría siendo inconsecuente con mi principio de igualdad y de libre expresión.
Nos entregamos a una lucha a muerte en donde él o yo terminará o sometido o aniquilado
(la sociedad actual por ejemplo).
Si yo fuera el aniquilado, el problema se termina y la
historia se acaba. Pero imaginemos que sea él quien salió vencido. Habríamos
solucionado el problema quitando al disidente. Ahora la sociedad podría ser
libre en su expresión sin excepciones. No obstante el siguiente [nuevo] problema.
En una nueva mesa de conversación uno de los presentes
levanta la mano y reclama: “qué clase de
sociedad igualitaria y justa es ésta en donde aniquilamos a quién no esté de
acuerdo con nuestro principio de sociedad”. Pues bien, la justicia en un
caso de disensión sin solución definitivamente no existe. No hubiera resultado
dividir tierras y agruparnos según ideales, porque bajo el principio de
desigualdad del desertor, nosotros debemos servirle o desaparecer. ¿Qué se
hace? La única solución hubiera sido que ante la incapacidad de lograr acuerdo,
nosotros los vencedores del pleito a muerte, luego nos hubiéramos quitado la
vida para hacer justa la confrontación.
[O mejor aún: aniquilar ahora a quién reclame por nuestro derecho propio de
defendernos de quién desee nuestra propia aniquilación. Aguante los dictadores].
Quién reclama por la injusticia tras la aniquilación de
quién nos quería muerto, ¿estaría dispuesto entonces a ser aniquilado para
satisfacer su propia medida de justicia? De ser así, es un débil frente a quién
le desea muerto o sometido. Pues bien: hoy somos el ejemplo de este personaje. Me
explico nuevamente:
Reconocido el abuso al que estamos sometidos día a día (está
expresado en una entrada de este mismo blog), nos vemos inmovilizados a
cambiarlo por miedo a ser aniquilados. Cambiar el asunto (no a algo mejor,
simplemente a algo distinto) sería tan simple como aniquilar a nuestros tiranos
(se me vienen a la idea unos cuántos parlamentarios, gobernantes y
empresarios), pero no lo hacemos porque ellos concentran el poder para
defenderse (poder pagado con nuestros propios impuestos: Fuerzas Armadas,
Servicios de Inteligencia, etc.). Ante esta cobardía
(en realidad es una mezcla de cobardía y comodidad. Encontramos adaptación en
el actual sistema aun cuando nos parezca abusivo) de arrancar del poder a quién
nos oprime, somete, abusa, controla (e incluso a veces mata), mejor reclamamos
pensando en que algo o alguien nos venga a liberar. [Algunos optimistas como
Alberto Mayor incluso dicen que el sistema ya comienza a caerse a pedazos. Me
gustaría saber a qué diablos se refiere cuando dice “sistema” porque claramente
no estamos viendo lo mismo].
Pues bien: no nos parece todavía tan pulenta la idea de
aniquilar a nuestros tiranos (como en la revolución francesa, por ejemplo),
porque perdemos mucho (a pesar de que nos decimos tan indignados) y porque
somos (en sensación) todavía pocos. Sabemos que reventar a un político no
cambiaría nada (como los bombazos que le revientan los vidrios a un banco que
al día siguiente son puestos y pagados con los seguros del mismo).
El sistema neoliberal impuesto saca suculentas ganancias en
Chile. Somos latinos buenos pa la pega que nos creemos la cagá respecto a los
vecinos. Pero no. Somos un pequeño yankilandia de cabezas negras arribistas. Las
cosas no van a cambiar. Se los digo: acá hay mucho dinero. Ni siquiera una
confrontación civil es posible todavía. El sistema capitalista no quiere perder
un solo día de pega. No les interesa detenerse. Chile se sostendrá en pie y
bajo limosnas, hasta que deje de ser la teta que entrega la leche que hoy
produce. Y creo tenerles malas noticias: somos un país fantástico en recursos
naturales: minerales, mar, forestales y alimentos que tenemos para explotar por
un buen tiempo todavía.
Estamos esperando que algo cambie las cosas. Apuntamos a
educar, a marchar, a arengar, a apedrear, a putear, a tuitear. Imaginando que algún
día cualquiera de estas cosas diera frutos, seguramente el poder del tirano
sabría nuevamente arreglárselas para someter y comenzar el ciclo nuevamente. Yo
por mi parte, como el tuitero con el que conversamos esto, esperamos
definitivamente el meteorito; al menos de esa forma nos aseguramos que el
cabrón disidente desaparezca de una vez por todas.
Besos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario