Tengo 28 años. Nací en Chile, en el sur de Chile. Era Dictadura todavía. No tengo memoria de cuándo me enteré que habíamos pasado a esta democracia. Me eduqué en colegios públicos. Nunca me cuestioné mucho. La verdad fue casi nada. Viví la vida como la vive un pendejo: consumiendo días, recibiendo órdenes, haciendo lo que todos hacen; intentando de avanzar. Me criaron mis abuelos en medio de una realidad pobre.
Entré a la U y seguí pobre. Pero en la U casi todos los son, así que tampoco caí en lo que quiero contar. Todo comenzó al entrar a la pega. Entré a trabajar de profe. Como ingeniero esperaba ganar más plata, pero ni pega había. Salir de la U y buscar pega en lo que te gastaste el lomo siete años (5 de carrera y 2 de tesis), y no encontrarla, me comenzó a dar luces de que algo no funcionaba bien. Como profe entré haciendo un par de horas de reemplazo. Aumenté a 43 hasta final de año. Sacaba 530 lucas. Era mucho dinero para alguien que no había tenido más que los sueldos mínimos que pagan en las salmoneras por turnos de verano.
Al siguiente año comencé a pensar en ahorrar para una casa. Pensé en un crédito y me fui de culo con los intereses. Digo: ya quedaste metío con un crédito en la U para ganar más que el mínimo (esa fue mi única motivación) y ahora te ensartan con otro. Segunda luz de que la vida se venía con un par de mierditas que nadie te contó. Comencé a cuestionar todo a mi al rededor y el resultado era inevitable: me volví un resentido social.
Los sentidos sociales somos mal mirados. Me han tratado de amargo. De infeliz. De mediocre. De poco optimista. De estar desconforme con todo. De que me gusta alegar porque no quiero trabajar. De comunista. Entre otras.
Mi resentimiento nace como una reacción ante la injusticia. Mi resentimiento fue en un comienzo indignación al ver que nunca nadie me enseñó lo que significaba un país, una república, un Estado, un Gobierno. Las viejas de mierda de mis clases de historia, profes con la vocación en el culo, nos miraron como lo que éramos: una tropa de hueones pobres que no necesitaban la historia. Pa qué: si van a limar fierros el resto de su vida. El resentimiento surge al ver que la pobreza en la que viví, no debió ser tal si los organismos del Estado hubieran funcionado correctamente. Si la Sociedad me hubiera protegido como una parte de ella.
Pero el resentimiento siguió creciendo a medida que aumentaba mi conocimiento: llegué al Capitalismo, al neoliberalismo, a la republiqueta llamada Chile, al Parlamento, a sus Gobiernos, a los medios de comunicación, a la educación que adoctrina, que sujeta, que coarta, que mata. A la realidad de hoy.
¿Y qué hago ahora? A veces hubiera preferido no haber caído en la indignación y haber tenido la cuea de algunos compañeros de U que encontraron satisfacción en sus trabajos y en sus sueldos. A veces hubiera querido no caer en un liceo para no volver a vivir la educación, pero desde la pizarra, enseñando. A veces me hubiera gustado ser un chileno más: uno que agradece, que se dice feliz, que le hace la venia al patrón por la cagá de pega y de plata que recibe. Pero ya estoy cagao. Pregunto de nuevo: ¿Qué hago ahora?
En un comienzo me agarré con quién se puso en frente. Nadie me iba a venir a dar lecciones de mi vida y de cómo debía tomarme mi realidad. No lo permití nunca. Me fui alejando. Me alejé de todo. Y sí: en algún momento caí en lo que decían: me volví un resentido amargo. Uno muy amargo. Pero pregunto de nuevo: ¿qué se hace ahora? Tengo una idea: El pequeño grano de arena.
No quiero alegar más. ¿Pa qué? El facho pobre es tan víctima como yo. Ambos vivimos en la ignorancia. Yo recién vengo saliendo un poco de ella. ¿Qué le voy a explicar que su General, como le dice, hizo mierda la educación en Dictadura? ¿Qué le voy a explicar que la piedra que se tira en la calle nace como una reacción ante el abuso? ¿Qué le voy a decir que trabajar es más que sentirse ocupado haciendo algo? Nada: me hago a un lado y si me toca una mesa con uno de ellos, le respeto. Le hablo de otra cosa. Me hermano con él en la humanidad, que al final es la única mierda que nos va quedando por compartir.
Me cansé. No pretendo dar discursos. No soy quién para motivar a nadie a nada. No soy ejemplo. Sólo digo: ésta es la vida que me tocó, y quiero tomármela lo mejor que pueda. La amargura no mi alternativa. Prefiero la indignación y desde ahí la acción: voy a ser profe.
¿Qué será que algunos piensan que tachándote de resentido, te pueden menoscabar?. En la escuela, universidá y en la vida misma, he recibido aquella palabra. Ni siquiera es algo que me cause indiferencia, al contrario, me agrada y mucho. El resentimiento pa' mi, es un motor de conciencia y altruísmo para con el otro. Siga así nomá amigo. ¡Resentidos del mundo, uníos!
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